Publicado en
LA NACION el 05/06/2008
El boxeador Héctor Sotelo participó de un emotivo combate profesional en una cárcel de máxima seguridad, en Florencio Varela, ante más de 60 reclusos ; allí estuvo detenido durante dos años por robo; volvió para enseñar su deporte y dar un ejemplo de recuperación
Foto: Aníbal Grecco
Fue un día distinto. Esta vez, el frío que azota los rincones del Gran Buenos Aires no tuvo resquicio para colarse en los pasillos de la Unidad 23 de Florencio Varela. Allí todo fue fervor, en una jornada particular para los internos. El Salón de usos múltiples del penal fue una especie de Luna Park en el que Héctor Ricardo Sotelo revivió, de algún modo, alguna de sus noches de gloria que lo llevaron al bicampeonato argentino amateur, a ganar el Sudamericano de Venezuela en 1990 o bien a imponerse en algunos certámenes internacionales. El pugilista, que estuvo aquí alojado entre 2004 y 2006 por un robo, goza hoy de la libertad asistida, por la que lleva una vida social normal, con el único requisito de presentarse en la Unidad 23. Pero lejos de sentir una carga, Sotelo afronta el compromiso con entusiasmo, ya que, además, todos los martes y jueves acude a darles clases de boxeo a los internos.
Este deporte, tantas veces cuestionado, actuó como un detonante motivador para hacer amena su vida en la cárcel. Después de un período difícil, encontró en los guantes la motivación para encarar su encierro de otra manera. Y así, con el apoyo del cabo Jorge Guerrero -que también fue boxeador profesional- volvió a entrenarse como si fuera a pelear por el título del mundo.
Ayer, en una pelea que no olvidará, tuvo la oportunidad, a través del primer combate que se realiza en una unidad carcelaria, de ofrecerles a sus pupilos "algo de todo el cariño que me dieron cuando era uno más, y la veía difícil", según contó.
Pero, mientras aguardaba con ansias su libertad, además de boxear, Sotelo dedicó gran parte de su esfuerzo a recuperar el tiempo perdido. Por ello se inscribió en la Escuela Media número 12 que funciona dentro del mismo penal. "Siempre nos acordamos de Ricardo. Era un gran colaborador; siempre nos ayudaba a ordenar el aula. Y su entusiasmo contagiaba al resto", recordó el director de la escuela, Rubén Zapata, presente ayer durante el combate.
Arriba del ring, golpes, sudor y un objetivo: derribar al oponente. Abajo, ojos encendidos y la ilusión de unos 60 internos, que no pararon de alentar a su "maestro".
Durante seis rounds, Sotelo, de 34 años, se midió con Adolfo Ovando, de 33. La pelea de categoría crucero, que fue una iniciativa del Servicio Penitenciario Bonaerense dependiente del Ministerio de Justicia provincial, contó con el apoyo de la jueza de ejecución penal de Quilmes, María Elena Márquez, y hasta con la fiscalización de la Federación Argentina de Box.
La jornada comenzó temprano, con varios choques previos, al mejor estilo de las reuniones más renombradas. Algunos de ellos, internos y alumnos de Sotelo, que sembró su pasión en el penal y hoy recoge los frutos de esa constancia.
Entre los 300 asistentes al salón donde se desarrolló el festival estuvieron Jesusa Benavídez y Melissa Sotelo, madre y hermana del boxeador, que acudieron puntuales a la cita. "Hoy tomé coraje y vine a verlo, pero sufro bastante. Aunque desde que salió en libertad tengo más fuerza", dijo la madre.
Una celda especialmente acondicionada fue el vestuario que utilizaron Sotelo y Ovando para prepararse. Los gritos se escuchaban desde el pasillo. "¡ Soteeelo, Soteeelo!" , y la mirada del pugilista se encendía mientras su entrenador, Johnny Sosa, vendaba su manos.
Los guardias se acercaban a saludarlo. "Era un tipo muy bueno, acá nos acordamos bien de él. Siempre tuvo la intención de reinsertarse en la sociedad del mejor modo", rememoraron dos custodios.
Lo estrictamente deportivo mostró a Sotelo como vencedor por puntos, después de mandar a la lona a su oponente en el 5° capítulo del atractivo combate. Algunos "pedían" desesperadamente un golpe de KO. "Dale Sotelo, que se nos viene el engome ", decían los reclusos, en referencia al término que utilizan para el momento en el que deben volver a sus celdas cuando afuera cae el sol. Los ojos de aquella gente, más vivos e inquietos que nunca, no dejaron pasar detalle del combate. Hasta Jorge Locomotora Castro aplaudió desde un costado del ring. "Es muy difícil estar acá, pero seguramente el boxeo los va a ayudar a superar los momentos malos y la espera", dijo el ex campeón mundial tras la pelea. Y como comprometiéndose con la causa, también el sureño de Caleta Olivia hizo algunas fintas y brindó una exhibición ante los internos que querían "probar" la potencia de Locomotora.
"No todo el mundo sabe lo que es vivir o permanecer acá. Yo no puedo decir hoy que sea mi casa, no está bien que lo haga, pero sí que sentí el cariño que me brindaron los internos. Les agradezco a todos. Esto es algo inolvidable", remarcó Sotelo después de la inédita experiencia.