
Comentario
Fue una desaparición itinerante. Un peregrinaje por la locura, por los mares y los cementerios. una procesión de velas derritiéndose en venganza, una travesía de sangre. Fue la senda tortuosa de la muerte, uno de los dilectos caminos de la Argentina contemporánea. Fue, es, la historia de "Santa Evita", y la escribió Tomás Eloy Martínez (60). Santa Evita, es un libro, una novela real del destino trashumante de un cadáver, el de María Eva Duarte de Perón, que después de muerta empezó a viajar sin destino. desatando vendavales de maldiciones, suscitando amores negros, apabullando al país con intrigas, y seduciendo al mundo con las lágrimas que brotaban de una momia hermosa, melancólica y profanada por la vida en el corazón de su larga muerte.
En una turbia medianoche de invierno de 1989 sonó el teléfono en la casa de San Telmo de Tomás Eloy, que decidió atender "por letargo o por desconcierto". Era el coronel Héctor A. Cabanillas (en la novela se llama Tulio Ricardo Corominas), era el hombre que había pivoteado, por expresa disposición de Pedro Eugenio Aramburu, el "Operativo Traslado" de los restos de Eva Perón a lugar seguro. Cabanillas había tenido un predecesor frustrado y demencialmente castigado por la obsesión de Evita: el teniente coronel Carlos Moori Koenig (en la novela aparece con su nombre real). Moori Koenig nunca pudo dar cristiana sepultura al cuerpo de la segunda esposa de Perón. Una cadena de enigmáticas desgracias lo derrotaron antes y lo ahogaron en un río de ginebra y de delirio. Esa noche, la del llamado, fue una noche de cita. Tomás Eloy fue al café Tabac de Libertador y Coronel Díaz. Y allí se encontró con Cabanillas (Corominas); con Jorge Rojas Silveyra -embajador en España en los tiempos de Alejandro Agustín Lanusse. Rojas fue el encargado de devolver a Juan Perón el cuerpo de su mujer después de décadas de secretos ambulatorios. También estaba otro testigo crucial, fantasmagórico y desdoblado, que la cautela del novelista decidió llamar "Maggi". Ellos le entregaron toda la documentación que tenían en sus manos, porque "el secreto los ahogaba". La historla del cuerpo de Evita empezaba a develarse.
Noticias accedió en exclusiva a un capítulo que el autor decidió excluir de su libro. Es otro final posible para un relato que no termina. A continuación se consignan los fragmentos narrativos de ese capítulo, y en un contrapunto ante Noticias, y de frente a su propio texto, Tomás Eloy habla de la Argentina.
FRAGMENTO DEL FINAL
Fragmento del final excluído de Santa Evita. "Hablaba sin mirarme. De vez en cuando tomaba aliento y señalaba con el índice a sus amigos, que respondían con económicos murmullos de aprobación. Yo tampoco lo interrumpí. salvo cuando me perdía en el laberinto de fechas y de lugares donde Ella, indiferente había yacido. 'Lo más perturbador fue la seguidilla de flores y de velas', insistió Corominas. Nunca se llegó a saber quién las puso. Donde quiera estaba el cuerpo, aparecían las velas tarde o temprano. Un día las dejaron al lado de mi despacho, ante mis propias narices. Ahi se me agotó la paciencia. Urdí entonces una estrategia para enterrar a esa persona lejos de acá, al otro lado del mundo. Se la llevó Galarza, como le dije. Yo me quedé con el título de propiedad de la tumba. Todavía lo tengo'. Era un papel amarillo, trasegado, inservible.
-Está vencido -le dije señalándole la fecha.
-No Importa. Es la prueba de que la tumba fue mía.
-Nadie la visitaba.
-Claro que si, la hermana Giuseppina Airoldi. Iba domingo por medio si
alguien dejaba las malditas flores" (...)