Creo que decidí ser periodista por lo que representan para mí esos viejos reporteros de lapicera en la oreja, dispuestos a cambiar el mundo con su máquina de escribir. Disfruto escuchando a los veteranos hablar de recuerdos viejos y lejanos. De personajes y lugares que ya ni aparecen en Google.
El otro día me sentí uno más, de esa camada de periodistas de los o 70 u 80, décadas en las que esta profesión era romanticismo puro. Lo cuento. Ocurrió en el 106 aniversario de La Voz (2010). La celebración ya moría y la mayoría enfilaba para sus autos. A mí ni se me ocurría partir. O al menos, interrumpir la atomósfera casi mágica que invadía una mesita de cuatro. Para mi sorpresa, me encontré, de repente, arropado al calor de los relatos de dos veteranos maestros. Ahí estábamos con Víctor "el Chino" Cuello, compañero de la sección, entre Angel Stival, ex jefe de deportes y editor de Opinión, y Jorge Mazzieri, un libro abierto sobre rugby. Ambos, instituciones del periodismo cordobés. Mientras ellos pasaban del Mundial a Maradona, de Messi a Mandela, de Invictus a Sudáfrica, yo trataba de mantener los ojos y los oídos abiertos. Ni se me ocurría pestañar. Desde que me lo crucé a Juan Villoro (gloriosa pluma mexicana) en el ascensor de La Nación, no había vuelto a sentir esa mezcla de placer, vergüenza y fragilidad ante alguien que admiro. Aunque duren segundos, son instantes que quedan para toda la vida. Antes de esta tertulia, espontánea y exquisita, Stival y Mazzieri habían recibido un reconocimiento por integrar el lote de "jubilados", honor que aceptaron a regañadientes. Es más, casi ni suben al escenario para recibir la distinción.
Mientras los llamaban por el micrófono, los dos estaban al fondo del salón conversando como suelen conversar los veteranos. Casi a los gritos, con la cara a centímetros uno del otro, con sus vasos a medio terminar. En un parpadear -en uno de esos parpadeos que duran siglos- me encontré en mi auto acercándolos hasta un bar en Alta Córdoba, que, como preví, estaba cerrado. Estaba cerrado para mí porque ellos entraron como si los estuvieran esperando.
El dueño y la barwoman, las únicas dos personas que había en esa cantina de madera con aire de pub irlandés, saludaron a Mazzieri y Stival diciéndoles "Corto" y Angel, nombres que hasta hoy yo no me animo a pronunciar sin anteponerles un "señor". "Nos dejás y te vas", me imaginé que pensaban. Pero lo descarté porque ni bien llegué la barwoman me esperaba con una Corona helada. Así que, vaso en mano, sentí que ya no estaba tan solo. La charla se fue para el lado de los premios y quién o quiénes son merecedores de tal o cual. No diré qué dijo cada uno, pero las posturas (de ellos, yo jamás abrí la boca) iban desde un "hay que esperar a que el hombre muera, que cierre el círculo de su vida, para reconocerlo" contra "los reconocimientos tienen que ser en vida, para que sirvan de ejemplo y estímulo para el resto". de esta última me siento más cercano, confieso.
No importa tanto el debate, sino lo que sentí siendo parte de esa escena.
Mazzieri y Stival parecían dos veteranos de guerra en una taberna vacía. Con pasión, discutían hasta que alguno quedaba hablando solo o mirándome a mí. Yo asentía sin musitar.
Hoy creo que la profesión de periodista es tan intensa que jubilarse debe ser como tomar sopa todos los días.
De observar, conocer, contar, pensar, pasás a mirar todo detrás de un vidrio.
Después de dos rondas se cansaron y ya no sé de qué hablaron. Les dije que me iba, pero me pareció que les daba lo mismo.
Pagué mi parte y me fui sin que nadie me acompañara hasta la puerta.
Como, siempre, va un tema al cierre: Redemption song, con Laurin Hill y Ziggy Marley